Si los occidentales se sienten deslumbrados y confundidos al aterrizar en la nueva terminal del aeropuerto de Pekín, resulta comprensible. No sólo por la grandiosidad del espacio, sino también porque inevitablemente uno siente que ha traspasado un portal a otro mundo, un mundo que ha cambiado de manera tan drástica que ha dejado muy atrás a los países occidentales.
Diseñada por el reconocido arquitecto británico Norman Foster, el aeropuerto de Pekín es uno de los nuevos monumentos de la ciudad. La lista sigue con el Teatro Nacional, que tiene forma de huevo y está rodeado por un espejo de agua; el Estadio Olímpico, conocido como el nido de aves; el Centro Acuático Nacional, con su acolchado exterior translúcido, y la sede construida para el ente estatal de televisión (CCTV), cuyas formas inclinadas están entre las proezas arquitectónicas más imaginativas de los últimos tiempos.
Los analistas más críticos consideran que estos proyectos innovadores son jactanciosas expresiones de la incipiente primacía global de China. Sin embargo, estos edificios no son simples y burdas manifestaciones de poder. Al igual que los grandes monumentos de la Roma del siglo XVI o de la París del siglo XIX, la nueva arquitectura china irradia un aura que tiene tanta relación con el fermento intelectual como con la influencia económica.
Cada edificio, a su manera, encarna una intensa lucha por el significado del espacio público en la nueva China. Y aunque a veces resultan aterradores por su escala agresiva, también reflejan el esfuerzo del país por dar forma a una nueva identidad nacional.
La flamante terminal aérea de Pekín, la más grande del mundo, es la manifestación más contundente de que China ha adoptado el credo modernista. Su forma descendente, que sugiere dos búmeran, es comparada con la de un dragón.
Pero en esta construcción Foster llevó el ideal de la movilidad a un nuevo extremo. Guiados por luces titilantes incrustadas en el techo, los visitantes se deslizan por rampas y a través de anchos puentes peatonales, antes de salir a la explanada elevada. Desde allí, pueden dispersarse en una amplia red de caminos, trenes, subterráneos, canales y parques cuyos tentáculos se extienden a través de toda la zona.
Esta amplia red, que se empezó a construir hace siete años, cuando la ciudad fue designada sede de los Juegos Olímpicos que comenzarán el 8 de agosto próximo, le dio una forma totalmente nueva a Pekín.
Algunos de los símbolos arquitectónicos de la creciente estatura de China en el mundo transmiten una impresión más clara acerca de cómo se desarrollará el futuro y exploran los límites de lo posible.
El Estadio Olímpico y el Centro Acuático Nacional se encuentran 16 kilómetros al norte de la ciudad, y están a la par de la Ciudad Prohibida y el mausoleo de Mao Tse-tung en el plano de la jerarquía nacional.
De ambos, el estadio es el símbolo más conocido de los Juegos Olímpicos. Su inmensa forma elíptica está envuelta por una densa celosía de columnas de acero. Las columnas, que se retuercen e inclinan a medida que ascienden, están concebidas como una gigantesca obra escultórica pública.
Conflictos
Sin embargo, el conflicto que ha estallado sobre el futuro del estadio refleja las tensiones sobre cómo se definirá la nueva China. El estadio es el centro de un amplio parque rodeado de torres de viviendas.
Después de los Juegos Olímpicos, sus diseñadores esperan transformar la construcción en un parque público. Pero el gobierno prefiere cercarlo, algo que eliminaría el espacio abierto, que constituye uno de sus rasgos más atractivos.
También hay tensiones similares en el caso de la sede del CCTV, situada al sur del nuevo distrito comercial de la ciudad. Ya hubo varias negociaciones para determinar el grado de acceso público que se permitirá. Muy a pesar de los arquitectos, los directivos del ente amenazaron con cerrar las dos calles públicas que atraviesan el predio. Una enorme plaza también se reservará para uso exclusivo de los empleados de la empresa.
En el proyecto de este edificio, dirigido por el arquitecto holandés Rem Koolhaas, se anuló cualquier rastro de escala humana en el exterior. No hay ventanas convencionales ni ninguna indicación clara de dónde empiezan o terminan los pisos.
Las formas distorsionan por completo la perspectiva del edificio, que parece achatarse desde algunos puntos de vista y alzarse desde otros, por lo que resulta casi imposible determinar su escala.
Koolhaas considera el límite entre las esferas públicas y privadas como un activo campo de batalla, algo que cambia y se reajusta constantemente con los cambios y evoluciones de las normas de la sociedad.
Por ahora, sin embargo, no será el arquitecto holandés quien determine el grado de apertura del CCTV luego de los Juegos Olímpicos, sino la junta directiva de la empresa designada por el gobierno chino.
Queda por verse en qué terminarán estas disputas. Durante siglos, los arquitectos han aspirado a crear edificios que instruyeran o transformaran a la civilización, sólo para ver que acaban como un esplendor aislado, con poca influencia en la sociedad en general. Y eso puede ocurrir también en el caso de China.
Pero no hay dudas de que su papel como gran laboratorio de ideas arquitectónicas persistirá en el futuro. Uno sólo puede preguntarse si Occidente alguna vez podrá ponerse a la par.
Por Nicolai Ouroussoff
De The New York Times
Traducción de Mirta Rosenberg
ENCONTRADO AQUÍ
Diseñada por el reconocido arquitecto británico Norman Foster, el aeropuerto de Pekín es uno de los nuevos monumentos de la ciudad. La lista sigue con el Teatro Nacional, que tiene forma de huevo y está rodeado por un espejo de agua; el Estadio Olímpico, conocido como el nido de aves; el Centro Acuático Nacional, con su acolchado exterior translúcido, y la sede construida para el ente estatal de televisión (CCTV), cuyas formas inclinadas están entre las proezas arquitectónicas más imaginativas de los últimos tiempos.
Los analistas más críticos consideran que estos proyectos innovadores son jactanciosas expresiones de la incipiente primacía global de China. Sin embargo, estos edificios no son simples y burdas manifestaciones de poder. Al igual que los grandes monumentos de la Roma del siglo XVI o de la París del siglo XIX, la nueva arquitectura china irradia un aura que tiene tanta relación con el fermento intelectual como con la influencia económica.
Cada edificio, a su manera, encarna una intensa lucha por el significado del espacio público en la nueva China. Y aunque a veces resultan aterradores por su escala agresiva, también reflejan el esfuerzo del país por dar forma a una nueva identidad nacional.
La flamante terminal aérea de Pekín, la más grande del mundo, es la manifestación más contundente de que China ha adoptado el credo modernista. Su forma descendente, que sugiere dos búmeran, es comparada con la de un dragón.Pero en esta construcción Foster llevó el ideal de la movilidad a un nuevo extremo. Guiados por luces titilantes incrustadas en el techo, los visitantes se deslizan por rampas y a través de anchos puentes peatonales, antes de salir a la explanada elevada. Desde allí, pueden dispersarse en una amplia red de caminos, trenes, subterráneos, canales y parques cuyos tentáculos se extienden a través de toda la zona.
Esta amplia red, que se empezó a construir hace siete años, cuando la ciudad fue designada sede de los Juegos Olímpicos que comenzarán el 8 de agosto próximo, le dio una forma totalmente nueva a Pekín.
Algunos de los símbolos arquitectónicos de la creciente estatura de China en el mundo transmiten una impresión más clara acerca de cómo se desarrollará el futuro y exploran los límites de lo posible.El Estadio Olímpico y el Centro Acuático Nacional se encuentran 16 kilómetros al norte de la ciudad, y están a la par de la Ciudad Prohibida y el mausoleo de Mao Tse-tung en el plano de la jerarquía nacional.
De ambos, el estadio es el símbolo más conocido de los Juegos Olímpicos. Su inmensa forma elíptica está envuelta por una densa celosía de columnas de acero. Las columnas, que se retuercen e inclinan a medida que ascienden, están concebidas como una gigantesca obra escultórica pública.
Conflictos
Sin embargo, el conflicto que ha estallado sobre el futuro del estadio refleja las tensiones sobre cómo se definirá la nueva China. El estadio es el centro de un amplio parque rodeado de torres de viviendas.
Después de los Juegos Olímpicos, sus diseñadores esperan transformar la construcción en un parque público. Pero el gobierno prefiere cercarlo, algo que eliminaría el espacio abierto, que constituye uno de sus rasgos más atractivos.
También hay tensiones similares en el caso de la sede del CCTV, situada al sur del nuevo distrito comercial de la ciudad. Ya hubo varias negociaciones para determinar el grado de acceso público que se permitirá. Muy a pesar de los arquitectos, los directivos del ente amenazaron con cerrar las dos calles públicas que atraviesan el predio. Una enorme plaza también se reservará para uso exclusivo de los empleados de la empresa.
En el proyecto de este edificio, dirigido por el arquitecto holandés Rem Koolhaas, se anuló cualquier rastro de escala humana en el exterior. No hay ventanas convencionales ni ninguna indicación clara de dónde empiezan o terminan los pisos.
Las formas distorsionan por completo la perspectiva del edificio, que parece achatarse desde algunos puntos de vista y alzarse desde otros, por lo que resulta casi imposible determinar su escala.
Koolhaas considera el límite entre las esferas públicas y privadas como un activo campo de batalla, algo que cambia y se reajusta constantemente con los cambios y evoluciones de las normas de la sociedad.
Por ahora, sin embargo, no será el arquitecto holandés quien determine el grado de apertura del CCTV luego de los Juegos Olímpicos, sino la junta directiva de la empresa designada por el gobierno chino.
Queda por verse en qué terminarán estas disputas. Durante siglos, los arquitectos han aspirado a crear edificios que instruyeran o transformaran a la civilización, sólo para ver que acaban como un esplendor aislado, con poca influencia en la sociedad en general. Y eso puede ocurrir también en el caso de China.
Pero no hay dudas de que su papel como gran laboratorio de ideas arquitectónicas persistirá en el futuro. Uno sólo puede preguntarse si Occidente alguna vez podrá ponerse a la par.
Por Nicolai Ouroussoff
De The New York Times
Traducción de Mirta Rosenberg
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