martes, 28 de octubre de 2008

SUEÑO DE UNA TARDE DOMINICAL EN LA ALAMEDA CENTRAL


Sueño desde la arboleda perdida
TONI Cano

La estatua viviente que hay entre la Alameda Central y el Palacio de Bellas Artes es un fantasma. En torno, artistas, escritores y otros voluntarios han hecho crecer un Grabado del Bicentenario de más de un kilómetro. La tele asegura que si la crisis es grande, más grandes son el corazón y el ánimo de los mexicanos. Al menos la Alameda de la capital sigue latiendo como el corazón popular de México, con las parejas de enamorados, las familias enteras y los niños con globos. Porque lo cierto es que el miedo ha acabado con los paseos de domingo en las alamedas y las plazas de muchas ciudades mexicanas.

Los álamos desaparecieron con el nacimiento del país. Talaron hasta el último chopo, por español, y plantaron fresnos y sauces. Una exacerbación patriotera que, en medio de la situación de guerra del narcotráfico y ante la proximidad del bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución, adquiere nuevas formas. Hay que unir de nuevo al país, ante el crimen organizado y sanguinario, pero también ante otras amenazas de fuerzas insurgentes más o menos ocultas que se traducen en pintadas --con la efigie del revolucionario Emiliano Zapata-- o en correos electrónicos: "1810, 1910... Nos vemos en 2010".

Tras el bullicio de la Alameda, el remanso de paz y reflexión se encuentra al final de una callecita, en el Museo Mural Diego Rivera, creado especialmente para preservarlo después de que sobreviviera al hundimiento del Hotel del Prado en el terremoto de 1985. Se trata del mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, de casi 16 metros por 5 de altura, y un peso de 35 toneladas por la estructura metálica que lo refuerza. Un Rivera que se plasma como niño de la mano de la Catrina --la muerte-- y apoyado por Frida Kahlo reflejó ahí al fresco, hace 60 años, la historia y la situación política y social de México a través de sus personajes y sus sueños.

Una niña rubia y rica abraza a su muñeca frente a una niña campesina. Un hombre con billetes en la mano abraza a la mujer del árbol. Un anciano recuerda la era de algún presidente férreo. Una mujer recuerda el tiempo que estuvo con el padre de su hijo. Un borrachín sueña en los buenos momentos. Un exmilitar recuerda la época del Imperio. Un político sueña con el sillón presidencial. Basta cambiar las caras y la vestimenta de los personajes, y añadir un nuevo hotel al fondo arquitectónico para actualizar la historia y darle vida al mural, espejo de la Alameda.

Afuera, flotan los murmullos de las fuentes y los amantes, los gritos de los vendedores y los niños, la tradicional velada musical de los domingos. Y casi cinco siglos de intensa vida social bajo los álamos, o los fresnos y los sauces.

Los comercios de los alrededores se ven tan vacíos como el museo. Más grande que la crisis es el amor a nuestro país --insiste la tele--, hay que echarle ganas. El Grabado del Bicentenario se extiende casi 1.200 metros. Pero en apenas dos años ya van cuatro grandes dimisiones al frente de la comisión organizadora de la doblemente magna conmemoración. Y la estatua viviente junto a la vital Alameda es un fantasma.

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